Por. Gerard S. Ferrando

14 de marzo de 2020. El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, salía en todos los medios de comunicación para anunciar que se había aprobado el Real Decreto de la declaración del estado de alarma en todo el territorio español para contener la pandemia del coronavirus. De repente, nuestras vidas daban un vuelco, que algunos ya habían vaticinado, pero que nadie, nadie, alcanzó entonces a imaginar ni a prever. Lo que iban a ser unos días se convirtieron en meses en nuestros hogares y lo que iban a ser meses afectados por la Covid-19 se convertirían en años.

A mi todo eso me pilló, junto a Alberto Pla y Yolanda González, recién llegados de un apasionante viaje a Etiopía al que habíamos ido para grabar el documental “Quiero ser como Genet” junto a Mari Olcina y su marido, cofundadores de la ONG MOSSolidaria. Allí, mientras descubríamos el auténtico significado de la sonrisa etíope, caminábamos libres y confiados por la sabana africana, rodeados de casas de adobe, pozos construidos, a pico y pala, en mitad de la nada y voluntades de hierro que, entonces sin nosotros saberlo todavía, nos estaban dando toda una lección de resiliencia, de resistencia, del valor de vivir, con la máxima dignidad y con lo menos posible. Y, a pesar de eso sonreír a la vida y al destino.

Allí, en el altiplano etíope, a más de 3.500 metros de altura y a 8.000 kilómetros de nuestra querida Valencia vivíamos una especie de “edad de la inocencia” y lo digo así porque sería la última vez en mucho tiempo que nos sentiríamos, realmente, libres, verdaderamente, seguros de nosotros mismos y del mundo que nos rodeaba. Sí, porque mientras nosotros descubríamos, plácidamente, la ceremonia del café etíope, el primer país del mundo en el que se consumió esta delicia, nuestros compatriotas arrasaban, literalmente, con los lineales de los supermercados. El papel del baño, que en Etiopía todavía mucha gente no puede tener en sus casas, se convertía en el producto más demandado en España. El agua, que las mujeres etíopes rurales esperan, a veces, durante horas, en una larga cola a pleno sol hasta que llega el camión cisterna para avituallaras, era cargado por litros y litros por los valencianos que temían que tuvieran que verse obligados a consumir la “dura y de mal sabor” agua corriente que salía sin excepción de los grifos de sus hogares.

La campesina Derribe sacando agua de un pozo que ha construido la Misión Solidaria San Pablo Apostol en Etiopía. Fotografía: Alberto Pla

Nuestras parejas nos llamaban entonces, cuando conseguíamos coger cobertura en nuestros móviles, pues eso tampoco es algo que se de por hecho en Etiopía, para contarnos, primero, que las Fallas se habían suspendido. No dábamos crédito. Ahí fue cuando de verdad me di cuenta, en medio de un poblado etíope, de que esto de la Covid-19 iba en serio. Y ahí fue cuando empecé a darme cuenta de por qué algunos etíopes nos miraban al pasar y decían, a veces para sí mismos y otras no tanto, “covid, covid”. Nosotros, los blancos, éramos sinónimo de la Covid para ellos. Esa palabra que habían escuchado por la tele, primero proveniente de China y ya en esos momentos relacionada con el mundo occidental. Acabaría llegando a África, claro que sí, y al mundo entero. Pero para entonces nosotros ya estaríamos de vuelta en nuestros confortables hogares, mientras ellos trataban de superarla, como podían, sin medios, sin nuestro sistema de salud, sin apenas medicinas primero ni vacunas después.

Y ahí nos llegó otra lección. En plena pandemia, cuando la gente se quejaba de lo largo que se estaba haciendo el confinamiento, yo me acordaba de esas casas de barro etíopes, sin puertas, sin habitaciones, donde las familias cada noche “montaban” la cama donde podían y se disponían a pasar la noche.

Una mujer con su hijo a cuestas en Muketuri, Etiopía. Fotografía: Alberto Pla

Mientras escuchaba a la gente, con sus teles, internet, juegos de mesa… quejándose en sus casas, me imaginaba a la pequeña Genet, coprotagonista de nuestro documental, mirando los recortes de revistas que pegaban en las paredes de adobe y que, como nos explicaron, les servían como algo parecido a nuestra televisión. Allí, por supuesto, no llegaba el Internet ni nada parecido.

Mientras escuchaba las quejas de la gente por tener que hacer cola en el Mercadona para comprar su comida, me acordaba de las vendedoras del mercado de Muketuri, que vivían, literalmente, de lo que podían vender cada día y de que al cerrar su mercado por la pandemia no tenían absolutamente nada con lo que subsistir.

La pandemia fue dura para todo el mundo, es verdad, y no quiero restar ni un ápice de importancia a lo que cada persona, cada familia, vivió entonces y ha vivido desde entonces. Pero es verdad que, como suele ocurrir, no fue igual de dura ni de trágica para todo el mundo. No lo fue entonces, ni tampoco lo fue en los meses siguientes, ni se repartieron por igual las vacunas, ni las ayudas ni se han creado luego las mismas oportunidades.

Mari Olcina, directora de la ONGD MOSSolidaria pesa a un bebé en la comunidad de Gimbichu, Etiopía. Fotografía: Alberto Pla.

Entonces, nos preguntábamos primero si saldríamos de aquella, luego cómo saldríamos y finalmente si saldríamos mejores o peores. Nos gustaba pensar que sería lo primero, pero hoy, honestamente, no lo tengo del todo claro. El mundo parece que sigue yendo hacia más desigualdades, los objetivos de Desarrollo Sostenible de 2030 parece cada vez más claro que tendrán que aplazarse, prácticamente, en su totalidad. Nos hemos visto involucrados en una Guerra en Europa que no sabemos aún qué tipo de alcance internacional tendrá.

Abrimos las puertas a los refugiados de un lugar mientras las cerramos, sin miramientos a los que se ahogan en el mar. ¿Aprendimos algo? ¿Seremos mejores? ¿Seremos capaces, de verdad, de hacer frente al desafío climático? Dicen que somos la primera generación que ha visto en su piel los efectos del cambio climático y también la última que puede hacer algo para frenarlos. ¿Lograremos hacerlo? Y, todo eso, ¿lo haremos construyendo un mundo más justo, más humano, donde la cooperación y la empatía se impongan ante la avaricia y la mezquindad?

Esperemos que así sea… por el bien de la humanidad y de nuestro frágil y único planeta.

Lourdes Larruy abraza a Genet, la protagonista del documental que rodamos en Etiopía para la Misión San Pablo Aposto. Fotografía: Alberto Pla